Cosas que no se olvidan después del shock

Sara lo sabe, dice Carmen. Sara sabe qué hay después de entrar ahí (Trabajo. Mercado. Imperio. Capitalismo. Rutina. Lavida,hija,lavida,quépensabas.) Sara sabe qué hay y sabe que no, que quiere que no o que no era esa la idea, que es un poco lo mismo. "Sabe Sara, lo sabe, que la jodienda no está en buscar trabajo digno, el alimento y el jornal, la techumbre, la cama y ni la hoguera; la trampa tampoco está en el deseo vivo de dedicar horas a una labor. El cepo es otro y Sara lo sabe. Porque ella ha metido la mano aquí, aquí en lo oscuro y ha palpado las larvas del Imperio que nos palpitan en la cabeza, en el bolsillo, en el pastillero, en las entrañas y que mañana -o tal vez hoy, que somos menos niñas- nos carcomerán los huesos de la mirada. Esto no lo remedian unas gafas: una mira la nada y se cree aquí que está ciega."
Sara lo sabe, Carmen lo dice. Tras un prólogo certero, consciente, también cómplice y orgánico de Carmen Camacho, los versos de Sara Herrera Peralta cuando cogemos Shock (Baile del Sol, 2011).
Lo leo, recién salido casi, frente a los Jardines de Luxemburgo y pienso, quiero escribir sobre este libro. Lo vuelvo a leer en el autobús, en el avión, lo leo en el cercanías de un pueblo a otro mientras le robo el tiempo al trabajo (render o desplazamiento). Y pienso, quiero escribir sobre este libro. Quiero hablar de este libro pero apenas nada puedo decir que no esté en sus páginas. Sí puedo decir que en este poemario está. Está el asombro, está la frustración, la decepción, la constatación de que así era, de que, sobre todo, así es. Que este libro es una buena y dura ducha de la realidad que está en la realidad. La que mancha, la que deja un sabor metálico y amargo en la boca. La que atasca, por la que nos duele el hombro derecho, por la que se nos hinchan las encías.

"En una oficina cuadrada y verde,
con una bata envolviendo el cuerpo,

sospecho que moriremos solos y sin un euro."


Sara lo sabe y Sara nos los cuenta. Nos enseña, como si fuésemos sus asesores, los gestores de una finanza vital y presente, los tickets de los días. Nos habla de la ciudad en la que sólo se está (sólo estamos, sólo estamos) para producir o para consumir. Ya en De ida y vuelta, ya en Sin cobertura (especialmente en Provocatio), la poeta construía una visión desgarrada, gris, de los entornos, de cómo han deshumanizado -y de cómo les hemos ido dejando- las plazas, los barrios, el rol del habitante que ahora sólo transita porque va a o viene de.

Y yo creo que Sara sabe que este es un libro valiente. Porque si hemos escuchado muchas veces que da pudor enseñar los poemas de amor, esos en los que quien escribe se abre y se vuelca y se queda a la espera, a la intemperie a esperar un gesto, de quien sea, un gesto; si conocemos ese "me da no sé qué exhibirme así", más "nos da no sé qué" hacerlo cuando todo ese sentir está motivado por una vida que los demás parecen haber aceptado. Nunca quisimos ser los raros de la clase. Lo fuimos o temimos serlo o hicimos todo por no serlo. La juventud, el sexo, aquellas cosas por las que nos dicen "aquí bien", "aquí éxito", nos curaron ese resquemor. ¿Por qué, superado el acné, volver a ser "raros", volver a estar fuera del rollo? ¿Por qué admitirlo delante de todos? Sara lo hace. Sara sabe qué hay en todo esto. Y asume con valentía la responsabilidad de decirlo.

"Motes antes de la promoción de un tercer empleado.
Para evitar un despido,
los enfermos tejen artimañas y enredan la tela con la que crearán la mortaja.

Hay males endémicos de este nuevo siglo.
Voces mudas:
la aglomeración de nuestra especie.
La mala sangre."

Ahora, (¿no ha sido así siempre?) que tantos se lanzan a decirnos qué es poesía y qué no. Ahora, que escribir y teorizar parecen uno. Ahora, que todos tenemos tan poco dinero pero somos más guapos y más listos que nunca pero sólo lo sabemos nosotros, agradezco -sé que agradecemos- voces que se preocupen por el momento en el que viven, el momento que viven. Voces a las que les importe el lector y le cuenten algo de verdad. Agradezco muchísimo esta honestidad, este compromiso, este sentir que hay que hablar de lo que no nos gusta, porque ahí empieza la acción.
No quiero sólo poemas nostálgicos. No quiero sólo evasión porque esto apesta.
Quiero que me digan, aquí está sucio. Aquí, alquitrán. Aquí, dolor interno. Aquí, casa vacía. Aquí, aquí duele.
Y quiero que lo entendamos.

Porque, sobre todo, quiero que hagamos algo.


(gracias, Sara)

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